SALUD EN PERSPECTIVA

DRA. LUZ EUGENIA ALCÁNTARA QUINTANA
@luxalc
HABLEMOS DE SALUD MENTAL EN MÉXICO. Hay temas que llegan al calendario para recordarnos que existen. La salud mental es uno de ellos. Durante una semana se multiplican las campañas, las conferencias, las publicaciones en redes sociales y los mensajes que nos invitan a cuidar nuestras emociones. Se habla de ansiedad, depresión, estrés, autocuidado, prevención del suicidio y de la importancia de pedir ayuda. Todo eso es necesario.
Pero quizá esta Semana de la Salud Mental también debería servirnos para algo más incómodo: mirar las condiciones en las que estamos viviendo y preguntarnos cuánto de nuestro malestar estamos intentando resolver de manera individual cuando tiene raíces profundamente sociales.
Porque en México hemos aprendido a vivir cansados. A vivir preocupados. A trabajar más horas de las que quisiéramos, a preocuparnos por el dinero, por la seguridad, por nuestros hijos, por nuestros padres, por conservar el empleo, por llegar a fin de mes, por atender una enfermedad y, en muchas familias, por sostener simultáneamente varias de estas preocupaciones.
Y después de todo eso todavía esperamos que las personas tengan la capacidad de estar emocionalmente bien. Nos hemos acostumbrado incluso a escuchar expresiones que deberían llamarnos la atención: “ya no puedo”, “estoy agotado”, “no duermo”, “no tengo tiempo para mí”, “todo me preocupa”, “ya nada me entusiasma”.
Muchas veces las escuchamos sin detenernos. Porque pareciera que estar cansado es normal. Que vivir con ansiedad es parte de la vida adulta. Que dormir poco es una consecuencia inevitable de trabajar. Que cuidar a los demás sin descanso es una muestra de amor. Que una madre debe poder con todo. Que un hombre debe aguantar. Que un médico tiene que ser fuerte. Que un joven debe resolver su futuro mientras estudia, trabaja y enfrenta un mundo cada vez más incierto.
Y así, poco a poco, podemos terminar confundiendo la capacidad de resistir con el bienestar.
Pero resistir no necesariamente significa estar bien. Esta diferencia es importante. Una persona puede seguir trabajando, llevando a sus hijos a la escuela, cumpliendo con sus responsabilidades y sonriendo en una fotografía mientras atraviesa una enorme carga emocional. La salud mental no siempre se manifiesta de manera evidente.
Por eso necesitamos dejar de imaginarla únicamente como la ausencia de una enfermedad. También tiene que ver con la posibilidad de construir una vida en la que existan vínculos, descanso, seguridad, sentido de pertenencia, oportunidades y espacios para pedir ayuda. Y aquí aparece uno de los grandes desafíos para México: hablar de salud mental implica necesariamente hablar de desigualdad.
No todas las personas tienen las mismas posibilidades de acceder a atención psicológica o psiquiátrica. Para algunas familias, una consulta privada representa un gasto que simplemente no pueden asumir. Para otras, desplazarse hasta un servicio especializado significa tiempo, transporte y, muchas veces, perder un día de trabajo.
Decirle a alguien “busca ayuda” es sencillo.
Garantizar que esa ayuda exista, sea accesible y llegue oportunamente es mucho más complejo. Por eso la salud mental debe formar parte de las políticas públicas de salud y no limitarse a campañas ocasionales.
También debemos entender que la salud mental y la salud física no viven separadas. Una persona que recibe un diagnóstico de cáncer no enfrenta solamente una alteración celular. Enfrenta incertidumbre. Una persona que vive con dolor crónico no tiene únicamente un síntoma físico: puede experimentar aislamiento, frustración, pérdida de autonomía y cambios profundos en su vida cotidiana. Una familia que cuida a un paciente dependiente también puede experimentar agotamiento emocional y económico. Un adulto mayor que pierde progresivamente su independencia puede enfrentar un proceso de duelo incluso antes de que ocurra una pérdida definitiva. Y quienes trabajan todos los días acompañando el sufrimiento de otros —médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, cuidadores— también necesitan espacios para procesar aquello que viven.
Durante mucho tiempo hemos construido un modelo de atención que separa el cuerpo de la mente. Pero la enfermedad no entiende de esas divisiones.
El dolor afecta el estado de ánimo.
La ansiedad puede afectar el sueño y el funcionamiento físico.
La enfermedad puede modificar la identidad de una persona.
El aislamiento puede profundizar el sufrimiento.
Por eso hablar de salud mental también es hablar de una atención integral.
Hay otro aspecto que merece nuestra atención: el estigma. En México todavía existen personas que temen decir que están atravesando una depresión, que necesitan atención psiquiátrica o que han tenido pensamientos suicidas por miedo a ser juzgadas, etiquetadas o consideradas débiles.
Y esto puede ser particularmente grave cuando el silencio retrasa la atención. Tenemos que cambiar la conversación. Ir al psicólogo no debería ser más extraño que acudir al dentista. Tomar un medicamento psiquiátrico, cuando está indicado por un profesional, no debería convertirse en motivo de vergüenza. Hablar de un duelo no debería interpretarse como incapacidad para “superarlo”. Pedir ayuda no debería ser considerado una derrota.
Necesitamos construir una cultura en la que la atención de la salud mental forme parte de la salud en general. Pero también necesitamos cuidar algo que a veces olvidamos: las relaciones humanas. Vivimos hiperconectados y, paradójicamente, muchas personas experimentan una profunda soledad.
Tenemos más medios para comunicarnos que nunca, pero eso no significa necesariamente que tengamos más acompañamiento. Podemos tener cientos de contactos y no contar con alguien a quien llamar cuando la vida se vuelve demasiado pesada. La comunidad también es una intervención de salud.
Una conversación, una red familiar, una amistad, una comunidad escolar, un grupo de apoyo o un vecino atento pueden convertirse en factores protectores frente a momentos difíciles.
Esto no significa que las relaciones sustituyan a los profesionales de la salud. Significa reconocer que ninguna persona debería enfrentar todos sus problemas completamente sola.
También debemos hablar de nuestros niños y adolescentes.
No podemos pedirles que desarrollen herramientas emocionales mientras los adultos que los rodean les enseñamos, muchas veces sin querer, que llorar es debilidad, que equivocarse es fracasar y que expresar miedo es algo que debe esconderse.
La educación emocional no debería ser un tema secundario.
Aprender a reconocer lo que sentimos, pedir ayuda, establecer límites, resolver conflictos y comprender al otro son habilidades que también necesitamos para construir una sociedad más saludable.
Y quizá aquí está uno de los mayores retos: dejar de pensar que la salud mental empieza cuando aparece un diagnóstico.
La prevención comienza mucho antes, en la infancia.
En las familias.
En las escuelas.
En los lugares de trabajo.
En los hospitales.
En las comunidades.
Comienza también cuando dejamos de romantizar el agotamiento.
Porque decir “yo puedo con todo” puede sonar admirable, pero ninguna persona debería tener que demostrar permanentemente cuánto puede soportar.
México necesita hablar de salud mental sin miedo, pero también sin simplificaciones.
No todo sufrimiento es una enfermedad y no toda enfermedad puede resolverse con voluntad. No basta con decir “échale ganas”, pero tampoco debemos quitarles a las personas su capacidad de actuar y participar en su propio proceso de recuperación.
Necesitamos una mirada más humana y más amplia.
Una mirada que entienda que detrás de cada diagnóstico existe una persona, una familia, una historia y un contexto.
Esta Semana de la Salud Mental puede ser una oportunidad para recordar precisamente eso.
La salud mental no es un lujo. No es una moda. No es solamente un tema para especialistas.
Es parte de nuestra salud y, por lo tanto, también es un asunto de sociedad.
Tal vez el verdadero desafío no sea conseguir que las personas aprendan a soportar mejor una vida que las está agotando.
Tal vez el desafío sea construir una sociedad que no les exija tanto para poder sentirse bien.
Porque una sociedad saludable no es aquella en la que todos aparentan estar bien.
Es aquella en la que una persona puede decir que no está bien, pedir ayuda y encontrar dónde recibirla.
Y también es aquella que entiende que cuidar la mente no significa escapar de la realidad, sino crear las condiciones necesarias para poder enfrentarla con mayor dignidad. La Semana de la Salud Mental terminará.
Las campañas cambiarán de tema. Los carteles serán retirados. Pero el cansancio, la soledad, el duelo, la ansiedad, el dolor y las preocupaciones de millones de mexicanos seguirán ahí.
Por eso esta conversación no debería durar una semana. Hablar de salud mental debería ser, simplemente, hablar de salud.

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