Rafael Solana al Muro de Honor del Congreso de la Ciudad de México
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EL GALLO PITAGÓRICO II. ……………………….
Hay silencios que pesan más que las palabras. Y en el Congreso de la Ciudad de México, a veces, el silencio se convierte en una forma de negación.
Durante la segunda legislatura ocurrió uno de esos casos que, con el paso del tiempo, no se diluyen: la omisión de inscribir en el Muro de Honor el nombre de Rafael Solana, no fue por falta de argumentos, ni por ausencia de reconocimiento, ni siquiera por falta de consenso político, fue, simple y llanamente, por falta de voluntad.
La iniciativa existió, fue presentada por la entonces diputada Indalí Pardiñño Cadena, quien presidía la Comisión de Cultura. El planteamiento era claro: reconocer a una figura central de la literatura mexicana del siglo XX, cuya obra abarca teatro, narrativa y crónica con una solvencia difícil de discutir.
Más aún, la propuesta no generó resistencias partidistas. Todas las bancadas la votaron. Hubo acuerdo. Hubo coincidencia. Hubo, incluso, una oportunidad rara en la política: la unanimidad.
Y, sin embargo, no pasó nada.
La iniciativa nunca llegó al pleno para su votación en lo general, no se discutió, no se aprobó, se quedó en ese limbo donde mueren las decisiones incómodas: el cajón de lo políticamente prescindible.
Lo paradójico es evidente. En ese mismo Muro de Honor ya figuran nombres como Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas. Todos ellos integrantes de la llamada Generación de Taller, un grupo literario fundamental en la vida cultural del país.
Una generación que no se entiende sin Solana.
Porque si algo distingue a Rafael Solana es precisamente su papel articulador. No sólo participó en ese movimiento: contribuyó a darle forma, a impulsarlo, a sostenerlo. Fue puente, fue voz, fue presencia constante.
Pero la omisión no fue un accidente administrativo ni un simple descuido de agenda. La entonces presidenta de la Segunda Legislatura y coordinadora de la bancada mayoritaria, Martha Ávila Ventura, fue informada directamente.
Incluso recibió a familiares del escritor, quienes acudieron a solicitar —con argumentos y memoria en mano— la inscripción de su nombre en el Muro de Honor. No hubo respuesta. Hubo, en los hechos, indiferencia.
Tampoco fue ajeno el entonces diputado Jorge Gaviño Ambriz, quien conoció del tema sin lograr que el dictamen avanzara. Nunca se alcanzó el quórum necesario. Nunca se abrió la puerta para llevar la propuesta al pleno.
Y entonces la pregunta deja de ser incómoda para volverse inevitable: ¿fue desinterés… o fue una orden?
Porque cuando hay votos, cuando hay consenso, cuando hay conocimiento del caso en los niveles más altos de la conducción legislativa, y aun así no ocurre nada, la omisión deja de ser casual.
Y se vuelve política.
Reducir la ausencia de Solana a un simple “olvido” sería ingenuo. Aquí hubo una decisión —o la ausencia deliberada de ella— que revela cómo se jerarquiza la memoria cultural desde el poder público.
Y es que Solana no es un autor menor frente a los ya inscritos. Su obra dramática es referencia obligada del teatro mexicano; su narrativa, sólida y vigente; sus cuentos, finos y precisos.
Pero quizá donde más brilla es en su labor como cronista: pocos retrataron con tanta agudeza la vida cultural, artística y social del México del siglo XX.
En sus páginas está la ciudad. Sus personajes. Sus rituales. Sus contradicciones.
Ahí está, en tinta, lo que el mármol decidió ignorar.
Hoy, con una legislatura que se acerca a su cierre y con la mirada ya puesta en la elección de 2027, la pregunta vuelve a cobrar sentido: ¿harán algo antes de irse?
Sería deseable que figuras como Xóchitl Bravo Espinosa y Jesús Sesma Suárez no sólo se comprometieran, sino que asumieran la voluntad política de retomar el tema y corregir una omisión que ya es, a estas alturas, injustificable.
Porque a veces la política también tiene la oportunidad de reparar.
Y porque, en el fondo, la escena está incompleta.
Ahí están Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas, como esos tres mosqueteros que la historia oficial decidió consagrar. Pero falta el cuarto.
Como en Los tres mosqueteros, la historia nunca estuvo completa sin D’Artagnan. Y en este caso, ese lugar tiene nombre: Rafael Solana.

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