Nuestros mercados, orgullo nacional y herencia ancestral están a punto de desaparecer. Primera parte

Los tianguis en México no son un comercio informal. Son la representación viva del patrimonio prehispánico, que por intereses económicos y políticos, están a punto de desaparecer, sin que los Congresistas de la Ciudad de México, lo impidan, sino todo lo contrario.
Los locatarios de los 329 mercados públicos, así como los tianguistas, aseguran que estos centros de distribución son un orgullo que se debe defender, pues representan una gran riqueza cultural y tradición que data de la época prehispánica.
Una tradición que acumula milenios, primero fue el tianguis, término que proviene del náhuatl “Tianquixtli” que significa mercado, persiste como un fenómeno social genuino y mexicano que llena de colorido las calles con sus sonidos, mantas y productos a granel.
Los mismos españoles tras su llegada al México antiguo, quedaron sorprendidos por su gran organización y ha sido, de acuerdo con el antropólogo Kenneth Hirth,que era y es en la actualidad, el centro de la vida social y económica en México antiguo”.
Anteriormente la gente se reunía con el fin de comprar o vender mercancías necesarias para la vida diaria. No hablamos únicamente de un mercado fijo sino de uno de carácter ambulante.
Durante la época prehispánica existieron muchos mercados. Y por su importancia destacar tres: el de Tlatelolco, el de Texcoco y el de Tenochtitlán.
Cada uno significó un medio importante no solo para intercambiar mercancías sino para conocer personas y reunirse con viejos amigos.
Por ejemplo, de Tenochtitlán. A este llegaban vendedores de diversas y lejanas tierras.
En el México Prehispánico, los tianguis dominaban las plazas de las principales ciudades de Tenochtitlán, constituían verdaderos centros de intercambio comercial, a donde llegaban personas de poblaciones vecinas para intercambiar los productos que cazaban, cultivaban o elaboraban.
En los mercados, los comerciantes se ponían sobre el suelo a sus animales, maíz, semillas o productos, con lo que conformaban pasillos a través de los cuales pasaban quienes acudían buscando el trueque.
Gracias a ello, el intercambio cultural enriquecía las identidades de los participantes. Además, se trataba de un sistema muy organizado.
Cabe destacar que, en ese entonces, se carecía de una moneda de intercambio unificada. Por lo tanto, comúnmente se recurría al trueque, pero también al uso de semillas de cacao –autorizadas como moneda–, hachas de cobre o mantas.
El principio bajo el cual surgió la figura del tianguis fue el trueque, era un intercambio de productos en los que no intervenía alguna moneda o dinero, sino la confianza que tenía un comerciante en otro.
No obstante, a veces se generaban conflictos que, para sorpresa de los españoles, eran resueltos por medio de jueces y vigilantes que aseguraban el orden y la justicia en los intercambios.
De hecho, si alguien era sorprendido cometiendo alguna falta o delito, de inmediato debía afrontar las consecuencias.
Esto lo señala la investigadora Pascale Villegas de la siguiente manera:
“Si se sorprendía a una persona en el acto de robar o de hacer trampas con la venta de sus productos, se la detenía al instante, la condenación dependía del delito, pero la muerte inmediata era el castigo más probable.”

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