“Los Talacheros” obreros del fútbolQue juegan por pasión y necesidad
- 11 jun 2025
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El sol de la tarde cae a plomo sobre la cancha de tierra en Iztapalapa. No hay graderíos, ni vestidores de lujo, ni cámaras que transmitan el partido. Solo un rectángulo de arcilla, un balón rodando entre el polvo y veintidós jugadores que, lejos de la fama y los reflectores del fútbol profesional, se entregan a la pelota con la misma pasión. No hay lujos ni fama, pero sí fútbol, el de verdad, el que se juega con el alma y también con los billetes. Aquí, en los llanos, donde el polvo se mezcla con el sudor, donde la tierra se levanta con cada barrida y el balón rueda entre piedras y baches, se juega un fútbol distinto.
Es el mundo de los talacheros, los obreros del balón, los que patean el esférico no por amor a la camiseta, sino por la paga.
Bajo la sombra de un árbol, un hombre con camisa de mezclilla revisa su celular mientras espera el inicio del partido. Es Carlos “El Botas”, aunque en su oficio de diario no usa botas, sino un cuchillo y un mandil blanco. Es carnicero en un mercado de la colonia Santa Martha, pero los fines de semana cambia el cuchillo y la báscula por los botines y la camiseta de cualquier equipo que pague bien.
“Entre semana le corto a la carne, pero los sábados y domingos le pego al balón. A fin de cuentas, las dos cosas son talacha”, dice mientras se ajusta las espinilleras.
Tiene 46 años y más de 30 jugando en los campos de tierra de la ciudad. Ha sido goleador en al menos diez ligas y ha defendido los colores de decenas de equipos, aunque en el fondo sabe que la camiseta es lo de menos. “Aquí no se juega por amor a un equipo, se juega porque te pagan. Y si eres bueno, te pagan bien”, asegura con una sonrisa.
El fútbol del barrio: sudor, tierra y billetes El balón comienza a rodar y la intensidad se siente desde el primer minuto. Aquí no hay pausas para hidratarse ni estrategias elaboradas.
Todo es rápido, directo, instintivo. La pelota se juega con hambre, con coraje, con la urgencia de quien sabe que cada partido es un ingreso extra que puede hacer la diferencia en la semana.
Los talacheros son una comunidad futbolera con historias diversas. Algunos, como Carlos, trabajan en oficios distintos y ven en el fútbol un ingreso adicional. Otros son jóvenes que alguna vez soñaron con el profesionalismo, pero quedaron en el camino. También están los que fueron engañados por representantes, los que no tuvieron oportunidades o los que, simplemente, encontraron en la talacha una forma de subsistir.
“Aquí hay de todo. Hay ex profesionales que jugaron en Primera, chavitos que estuvieron en fuerzas básicas, brasileños, argentinos, hasta africanos. Yo he jugado con un cabrón de Camerún que decía que había estado en la selección de su país.
Quién sabe si era cierto, pero jugaba bien”, cuenta El Botas, mientras toma un respiro en la banda.
El partido sigue, los gritos de los jugadores se mezclan con el silbido del árbitro. Las faltas son fuertes, las protestas son constantes. Nadie quiere perder.
La victoria significa dinero en el bolsillo, y aquí nadie regala nada. Un fútbol de barro y necesidad El término “talacha” viene del trabajo rudo, del esfuerzo.
Un fútbol de barro y necesidad. Se dice que se adoptó del oficio de los mecánicos que arreglan llantas, pero en el fútbol amateur significa mucho más. La talacha es el reflejo del esfuerzo y la constancia, de jugar en cualquier terreno, bajo cualquier circunstancia, con la única certeza de que, al final del partido, alguien sacará un fajo de billetes y pagará por el desempeño en la cancha.
Las canchas pueden ser de tierra, de pasto sintético gastado, de cemento caliente o de piedras afiladas. No importa. Si hay dos porterías –o algo que las simule–, ahí habrá un partido. Y si hay un buen dueño con billetes en la mano, los talacheros aparecerán. Salvador, “Chava”, es uno de esos dueños. Tiene su equipo, el Deportivo San Andrés Tomatlán, y no escatima en gastos para tener un cuadro competitivo.
“Si quieres ganar, tienes que meterle lana. Yo le meto unos cinco mil pesos a la semana en jugadores, árbitros, campo y la chelita del final. No es negocio, pero se siente chingón ganar”, dice con orgullo mientras observa el partido desde la banda.
De la carnicería a la cancha. “El Botas” nunca pensó que su vida giraría en torno a un balón. Creció en Iztapalapa, en una familia de carniceros. Desde los 12 años ayudaba a su padre en el negocio, aprendiendo a cortar carne con precisión y a lidiar con clientes en el mercado.
Su destino parecía escrito: tarde o temprano heredaría la carnicería familiar. Cuando tenía 17 años, un visor de un equipo de tercera división lo vio jugar y le ofreció una prueba. Carlos creyó que esa era su gran oportunidad, pero su padre no estuvo de acuerdo. “Aquí no se vive del fútbol, aquí se vive de la carnicería”, le dijo con firmeza. Y así, sin siquiera intentarlo, vio cómo su sueño de ser profesional se desmoronaba.
A los 20 años, su padre enfermó y tuvo que hacerse cargo del negocio familiar. Trabajaba de sol a sol, pero el dinero nunca era suficiente. El mercado estaba en crisis, la clientela bajaba y las cuentas seguían acumulándose.
Fue entonces cuando un amigo lo invitó a jugar un partido como talachero. “Te van a pagar por jugar”, le dijo. Desde entonces, la talacha se convirtió en su segunda fuente de ingresos.
Juega entre seis y ocho partidos por semana, en distintas ligas de Iztapalapa y otras zonas de la ciudad. A veces gana más con el fútbol que con la carnicería, pero nunca ha dejado su negocio. “El fútbol paga las cuentas, pero la carnicería me da estabilidad”, dice.
El gol que vale el pago del día. Faltan diez minutos y el partido sigue empatado. El equipo de El Chava ataca con todo. Un centro llega al área y El Botas se eleva, cabecea con fuerza y manda la pelota al fondo de la red. Golazo.
Sus compañeros lo abrazan, en la banda se escuchan aplausos y en las gradas improvisadas alguien grita: “¡Ese Botas, cabrón, te la rifaste!”. El Chava sonríe y le hace una señal a su asistente. “Asegura el pago del Botas, que hoy sí se lo ganó”.
El partido termina y el equipo de El Chava se lleva la victoria. Es momento de repartir el dinero. “A ver, pa’l Botas, pa’l portero, pa’l Rocha… y los que nomás corrieron sin tocar el balón, pues la chela está pagada”, dice con una carcajada mientras saca los billetes del bolsillo.
El Botas recoge su pago, lo guarda en el resorte del short y se cambia la camiseta sudada. “Con esto pago la luz de la semana”, dice con satisfacción. Mañana volverá a la carnicería, a cortar carne y pesar bisteces, pero sabe que el próximo fin de semana estará de nuevo en la cancha, listo para otra talacha.
Aquí, en los llanos de Iztapalapa, como en muchos barrios más, el fútbol es más que un juego. Es un oficio, una forma de vida, un espacio donde cada pase, cada barrida y cada gol tiene un precio. Los talacheros lo saben. Y mientras haya alguien que pague, el balón nunca dejará de rodar.

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