La revolución será sindicalizada…y saldrá a las dos de la tarde
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EL GALLO PITAGÓRICO II………………………….
México hizo del sindicalismo una religión política. Desde los tiempos dorados del corporativismo priista, los sindicatos aprendieron que la defensa de los trabajadores podía convivir perfectamente con los privilegios, las cuotas de poder y las canonjías administrativas.
Fidel Velázquez construyó una era donde el líder sindical parecía funcionario de Estado y donde la “lucha obrera” cabía cómodamente entre comidas oficiales, acuerdos en lo oscurito y plazas heredadas.
El viejo sistema entendió pronto que un sindicato cómodo podía ser más útil que uno combativo. Y así nació una burocracia sindical que, con los años, perfeccionó el arte de exigir derechos sin necesariamente rendir cuentas.
Pasaron los años, llegaron la alternancia, la austeridad republicana, la transformación y los discursos contra los privilegios. Pero hay tradiciones nacionales que sobreviven a cualquier régimen. Una de ellas es el sindicalismo burocrático. Y el Congreso de la Ciudad de México parece empeñado en conservarlo como patrimonio cultural intangible.
Porque en Donceles ocurre el milagro laboral que millones de mexicanos quisieran experimentar: jornadas cómodas, salidas a las 14:00 horas, responsabilidades mínimas y una admirable capacidad para encontrar pretextos cuando el trabajo aparece. Claro, no todos gozan de ese paraíso. Sólo algunos sindicalizados. Los trabajadores de estructura, esos que sí sostienen la operación diaria, conocen otro país: uno donde las cargas aumentan, los horarios se extienden y los derechos se evaporan.
El ejemplo más reciente ocurrió la mañana del pasado 28 de mayo, cuando sindicalizados tomaron a ultranza las instalaciones del Congreso capitalino e impidieron el ingreso de trabajadores de estructura. Sí, justamente de aquellos que cumplen jornadas agotadoras y resuelven los problemas para sacar adelante el trabajo legislativo y administrativo. Porque mientras unos bloqueaban accesos bajo el argumento de que “no se les había cumplido” con sus demandas sindicales, otros —los de siempre— quedaron fuera pese a ser quienes operan el Congreso todos los días.
Y no se trata sólo de Comunicación Social o redes sociales. Se trata de toda la estructura operativa que mantiene viva la maquinaria parlamentaria: áreas técnicas, administrativas, logística, cobertura, operación interna y atención institucional.
Los que llegan temprano, salen tarde y rara vez aparecen en la fotografía del triunfo sindical. Los que resuelven cuando las sesiones se alargan, cuando falla la operación política o cuando la improvisación legislativa exige apagar incendios de último minuto.
La ironía es impecable. Mientras el sindicato logró un aumento salarial del 5 por ciento directo al salario, retroactivo y con mejoras en prestaciones, los trabajadores de estructura siguen esperando algo más básico: certeza laboral.
Ni siquiera han firmado sus nombramientos tras la renuncia obligada derivada de la fusión del Canal del Congreso con la entonces Coordinación de Comunicación Social. Siguen en el limbo administrativo, pero eso sí, trabajando puntualmente para que todo salga. Ni la prima vacacional han recibido, aunque las exigencias de productividad y disponibilidad permanezcan intactas.
La igualdad laboral en el Congreso capitalino parece aplicarse con criterios científicos muy avanzados: unos reciben aumentos y prestaciones; otros reciben incertidumbre. Unos tienen representación sindical; otros apenas tienen paciencia. Unos terminan temprano; otros resuelven el trabajo que queda pendiente.
Y luego preguntan por qué el sindicalismo perdió credibilidad.
Porque defender trabajadores no debería significar proteger inercias ni construir castas burocráticas. Mucho menos abandonar a quienes realmente mantienen funci

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