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La diplomacia de las sombras y el costo del doble rasero la vida real

  • 2 jun
  • 3 min de lectura

FRED ALVAREZ. ……………………………….

En el viejo oficio de la política, la diplomacia siempre ha sido el arte de leer las sombras; de descifrar a los actores de carne y hueso que respiran y operan detrás del estruendo institucional. Hoy, nuestra política exterior parece caminar precisamente en esa penumbra, atrapada entre discursos encendidos desde el atril y contradicciones que ya resultan ineludibles en la vida real.

La presidenta Sheinbaum ha querido trazar una línea tajante frente a Estados Unidos. Nos advierte que el amago de ruptura no viene directamente de Donald Trump —a quien intentó matizar, omitiendo su nombre en aquel duro discurso dominical—, sino de una amalgama transfronteriza de ultraderecha y ejércitos fantasma que habitan en la red.

Pero la política de a pie no funciona en compartimentos estancos. ¿Cómo concebir que el Departamento de Justicia, los fiscales federales y las agencias de seguridad trabajen en contra de presuntos criminales sin que la voluntad de Trump esté entrelazada? Creer que esa vasta y pesada maquinaria opera por la libre, ajena al Despacho Oval, es ignorar el pulso verdadero del poder.

El mensaje oficial busca ser un destilado de soberanía pura: compartimos frontera, sí, pero las llaves y las reglas de esta casa no se le entregan al vecino.

Sin embargo, la realidad de los hechos nos cuenta otra historia, una mucho más tensa y profundamente humana. El reciente señalamiento de Washington contra el gobernador con licencia, Rubén Rocha, no es un espejismo digital; es una sacudida que estremece nuestro tablero local y nacional.

Y mientras el embajador estadounidense, Ronald Johnson, apela a no politizar la seguridad ciudadana —advirtiendo, sin mencionar a la presidenta, que cada momento gastado en disputas es "una oportunidad perdida para proteger a las personas a las que servimos"—, la respuesta presidencial lanza un dardo directo al ego y a las vulnerabilidades más terrenales de nuestra clase política. Les exige que el miedo a perder la visa no les paralice la valentía ni les amordace la verdad.

Es una advertencia cruda para evitar convertirnos en el daño colateral de las urnas estadounidenses de este noviembre de 2026. Al calificar las revocaciones de visas —que según Reuters ya suman medio centenar de políticos, principalmente de Morena— como una injerencia que "raya en la traición a México", Sheinbaum pone el dedo en una llaga muy humana: la autocensura por temor al castigo migratorio. Cuando un representante popular ajusta su discurso para proteger su acceso a territorio estadounidense, el problema deja de ser un trámite consular y se transforma en una claudicación de la soberanía.

La mandataria sugiere, con razón, que Washington debería mirar hacia adentro y sanar sus propias fracturas: el consumo interno, la distribución y ese incesante río de armas que fluye hacia el sur.

Pero aquí radica el nudo de esta crónica, el instante en que el relato oficial choca frontalmente contra su propio espejo. Como bien disecciona Raymundo Riva Palacio, pareciera que hemos sustituido el rigor de Estado por la brújula volátil de la ideología. ¿Cómo explicar que, en un suspiro de 24 horas, exijamos un alto absoluto al intervencionismo de Washington, pero nos sintamos con la autoridad moral para intervenir avalando sospechas electorales en Colombia?

Es el drama humano y político del doble rasero. Repartimos abrazos diplomáticos a figuras en crisis institucional como Pedro Castillo o Cristina Fernández, mantenemos la herida abierta con el Ecuador de Noboa, pero guardamos un mutismo de piedra frente a la asfixia de libertades en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Nuestra histórica Doctrina Estrada no nació para ser un menú a la carta, sujeto a las simpatías ideológicas de la temporada. Cuando la política exterior opera bajo esa parcialidad, lo que se resquebraja es nuestra autoridad moral ante los ojos del mundo. Y sin ella, quedamos a la intemperie, huérfanos de argumentos para defender nuestra propia casa cuando la tormenta arrecia desde el norte.

 

 
 
 

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