“Hagan de cuenta que no están”: dijo Sheinbaum ante las protestas por escalada violencia, amenazas

FRED ALVAREZ PALAFOX...
Eran las ocho de la mañana en Culiacán. El aire, denso, cargaba un hartazgo imposible de contener a puerta cerrada. Sobre las escalinatas de La Lomita, la imagen fue inusual y contundente: el obispo Jesús Herrera Quiñones abandonó la seguridad del templo para plantarse en la calle.
Con la crudeza de cuatro nuevos homicidios a cuestas apenas unas horas antes, el prelado se negó a apartar la mirada del dolor. Frente a una congregación con el alma en vilo, su reclamo a la autoridad no admitió matices: las estrategias de seguridad son débiles e insuficientes. «Seamos sembradores de paz», exigió, marcando el tono de una jornada histórica.
Ese mandato no se diluyó en el asfalto; se convirtió en el pulso que levantó a la capital. A las nueve y media, tras liberar globos blancos por los ausentes, la avenida Álvaro Obregón se transformó en un inmenso río blanco.
Sin banderas ni confrontaciones partidistas, y con el banderazo de Martha Reyes, la movilización “Culiacán Ponte de Pie” borró de tajo cualquier frontera social.
Caminaron hombro a hombro empresarios, familias enteras y agricultores de rostro curtido como Martín Lim, asfixiados por la parálisis y la falta de certezas que impone el terror.
Pero, sobre todo, caminaron ellas, el verdadero rostro humano de esta crisis. Rosa Lidia Félix, buscando a su hijo Jesús Tomás desde hace casi dos años, encarnó la herida abierta de las familias fragmentadas.
Entre la multitud avanzó Alejandra Armenta, sosteniendo un dolor que desafía el entendimiento: la ausencia de su bebé de apenas un año y cuatro meses, arrebatado por el fuego cruzado en Prados del Sur.
Su paso no fue un grito de venganza, sino una lección de dignidad inquebrantable frente al vacío de una Fiscalía exhibida en su inoperancia. Alejandra sobrevivió a la muerte ese mismo día solo para esto: para ser el escudo de la memoria de su hijo y recordarle a México que Culiacán se niega a rendirse.
Al llegar a la Catedral, bajo el clamor de «¿Dónde están nuestros hijos?», la respuesta institucional intentó hacer eco. La gobernadora interina Graciela Domínguez reconoció el valor cívico de esta marea ciudadana tras reunirse con el obispo. Hubiera sido un acto de verdadera empatía y liderazgo ver a la gobernadora marchar hoy junto a los ciudadanos, pero el poder prefirió la distancia.
El discurso oficial sigue chocando de frente contra una realidad ineludible: cualquier operativo gubernamental será absolutamente estéril si el Estado no logra la titánica tarea de reconstruir la confianza rota. Los sinaloenses ya no se conforman con promesas de escritorio; exigen garantías mínimas para volver a vivir sin miedo.
Al final, si alguien desde un despacho busca minimizar el hecho preguntando cuántos marcharon, la respuesta es simple: qué importa el número exacto. Fueron muchos, muchísimos más que dos. Y fueron los suficientes para demostrar que, bajo el sol implacable, la esperanza en Sinaloa sigue caminando.

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