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Escuchar el silencio

17 ago 2021
4 min de lectura



Trabajar por la salud es asumir compromiso humanista con la población, en especial por parte del médico que debe ser sensible a los principales condicionantes de salud, entre estos, para el género femenino, está un derecho frecuentemente incumplido por una sociedad coercitiva y alienante, el derecho a vivir una vida sin violencia y que se ubica entre el tercer lugar en la Ciudad de México, como motivo de años de vida saludables perdidos (AVISA), después de los problemas de parto y diabetes (SS, 2001) y el segundo lugar a nivel nacional (CNEGySR-SS, 2003 y 2006) y a nivel mundial (OMS, 2001) aun sobre situaciones como guerras y desplazamientos.

Esto va de la mano con otro derecho fundamental para todo ser humano, el derecho a medios ambientes saludables, que se refiere no solo a los aspectos ecológicos, sino también los sociales y comunales, que favorezcan el desarrollo emancipador del humano en su contexto.

Estos aspectos frecuentemente se pierden de vista entre los andurriales temáticos que los académicos establecen como currículo de la formación del profesional médico y demás integrantes del equipo de salud, en donde paradójicamente se le enseña a deshumanizarse, con “consejos” que van desde: “Debes ser fuerte y no llorar ante el paciente”, “No puedes involucrar tus emociones con tus casos”, “No te debe importar el sentir del paciente, atiende lo médico (biológico= morfofuncional), que en muchas de las ocasiones generan grandes sorpresas a los profesionales de la salud, cuando llegan a hacer preguntas mágicas como: ¿Y usted se siente feliz con su vida? ¿Ha vivido alguna vez violencia por parte de alguien de su familia? ¿Cree que algo de la familia le esté afectando en su salud?

Abrir esta puerta para que las mujeres se expresen puede ser una anhelada salida que guardan durante años y que no se atreven a cruzar por temor a la agresión, cuestionamiento y avergonzamiento ante sus familiares, amistades y conocidos, por fallar como la mujer que organiza la familia y se le señala como responsables de la vida de los demás, por ello, el identificar en el personal de salud, especialmente la médica o médico, como esa figura de poder sensible, comprensible, comprometido y aliado, además de seguro confidente profesional, resulta un alivio casi “celestial” cuando se le abre la puerta sin ningún aspecto recriminador o que le acuse en cualquier sentido de provocar lo que vive.

Entender que nuestro papel médico como “servidores” es facilitar que las personas puedan disminuir sus “dolencias” y “miedos”, nos llevará a no tener miedo y romper con la idea apriorística que al indagar sobre violencia a una mujer, ella lo negará en automático, muchas esperan que alguien lo pregunte, que muestre legítimo interés cuando la observa con ojos a punto de llorar, cuando hace esfuerzos por contenerse o cuando explota en llanto sin poder detenerse, con una actitud muy diferente a la inhumana postura de pedirle que no llore, que no hay motivo, dejando indefensa y aislada en sus angustias, por el contrario percibir que tiene su momento respetado para externar, aunque sean unos minutos para desahogarse con la “empatía” médica o del personal de salud, puede ser el inicio de la resolución de afecciones crónico degenerativas o infecciones frecuentes, además de las derivadas de la violencia psicológica, física, sexual, patrimonial, económica o por abandono.

El problema es que este ímpetu en la capacidad de acompañamiento y contención, no se incluye en el currículo académico de las carreras de la salud, por lo que mucho del personal no sabe qué hacer en estas situaciones, actuando con lo que su limitada visión le permite, como dar apoyo con algún medicamento o la canaliza con un psicólogo, y no en pocos casos, como un mecanismo de defensa ante la angustia, la violentan o revictimizan, con excusas ante lo no conocido o comprendido, con excusas como ”por algo su esposo le agrede”.

Actitud de enorme riesgo negativo, pues la mujer ante esta nueva violencia siente insensibilidad para ser comprendida y que si no es quien le debe mayor sensibilidad, nadie puede ayudarla, y aún más puede regresar a casa para vivir con la certeza que todo puede empeorar por su culpa y normalizar el ser agredida por su pareja. La mujer que vive en oquedad, con miedo, tristeza o depresiva, requiere un personal formado en procesos de escucha para la facilitación en acompañamiento terapéutico, con análisis holísticos y heurísticos, lo cual urge ser incluido de manera formal en la formación humanista del equipo de salud.

Invertir en esta formación permitirá además, propulsar las acciones de promoción a la salud al atender condicionantes que favorecen la obesidad, minusvalía, estrés y bulimia, anorexia y sus consecuentes alteraciones morfofuncionales, sin contar con la disminución de lesiones, “accidentes” y otros aspectos realizados con intoxicaciones y adicciones, además de tantos otras aspectos que cada vez más se relacionan con la generación de cánceres, dermatosis y alergias, enfermedades idiopáticas como enfermedad pélvica crónica, cuya presencia disminuiría con revertir la deshumanización en la medicina, lo cual permita activar la humanización de los procesos de vida y producción social y así poder apoyar socialmente a las mujeres y la atención con enfoque de género no sólo queda en el papel como discurso muerto.


 
 
 

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