Discapacidad y género, un panorama de desigualdad

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la discapacidad como “un término genérico que incluye déficits, limitaciones en la actividad y restricciones en la participación. Indica los aspectos negativos de la interacción entre un individuo (con una “condición de salud”) y sus factores contextuales (factores ambientales y personas) (OMS, 2001: 231).
La discapacidad es una condición que coloca a las personas en situación de desventaja en el ejercicio de sus derechos y en contextos de violencia. Si la vivencia de la discapacidad está llena de retos, cuando se es mujer, las oportunidades de concretar las metas personales se reducen aún más cuando también se tiene discapacidad, por lo que las mujeres tienen que hacer frente a brechas aún más profundas de desigualdad.
La Organización Mundial de Salud estima que existen más de mil millones de personas en el mundo con alguna forma de discapacidad, lo que representa al menos 15% de la población mundial y de este porcentaje, casi 200 millones tienen un grado de discapacidad que las mantiene en condiciones de difícil funcionamiento y en el futuro se espera que las cifras aumenten debido a la mayor cantidad de personas adultas mayores con enfermedades mentales y crónicas como la diabetes y el cáncer (OMS, 2011). Es innegable que tener una condición de discapacidad trastocará nuestras vidas en algún momento de nuestra historia, ya sea por la latente probabilidad de tener un accidente, porque algún familiar que viva con ella, a consecuencia de desastres naturales, por conflictos armados, por hábitos alimenticios o por herencia genética. Sin embargo, la causa principal a la que no podemos escapar es la del envejecimiento. Las proyecciones de la OMS sostienen que las cifras de las personas con discapacidad seguirán en aumento en los siguientes años debido al envejecimiento de la población mundial pues se estima que entre 2000 y 2050 la proporción de las personas mayores de 60 años en el mundo se duplique, pasando del 11% al 22% y tan sólo las enfermedades crónicas son el 66.5% de los años vividos con discapacidad en los países de ingresos bajos y medianos, lo que en algunos países considerados de primer mundo tardaron 100 años para que su segmento de población adulta mayor se duplicara, en países latinoamericanos como Brasil, se alcanzó en menos de 25 años (OMS, 2011).
La discapacidad es una condición que se vive de forma diferenciada entre mujeres y hombres y pensar en mujeres en todas las etapas de su vida desde la infancia. En este sentido, las mujeres con discapacidad tienen doble desigualad para alcanzar su autorrealización: por su condición de género y de discapacidad. De acuerdo con la carga mundial de morbilidad de la Organización Mundial de la Salud, existen 190 millones personas con discapacidad grave, de las cuales 11% es más elevada para las mujeres que para los hombres y la prevalencia de discapacidad en mujeres es casi 60% más alta que en los hombres (De la Rosa, s/f). Además, las niñas y mujeres con alguna discapacidad tienen mayor probabilidad de ser víctimas de violaciones a sus derechos humanos, a ser desvaloradas por no cumplir con las funciones que tradicionalmente se les ha asignado por su género y a la violación de sus derechos sexuales y reproductivos pues se ha documentado que las mujeres y niñas con discapacidad están expuestas a ser esterilizadas sin su consentimiento, a negarles servicios de salud o son presionadas para abortar en caso de tener un embarazo (Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, 2017).
Conclusiones. El panorama sociocultural y estructural al que tienen que hacer frente las mujeres con discapacidad no es sencillo, pues los vacíos legales, los roles que se esperan que deben cumplir por su género y las aspiraciones personales sobre un proyecto de vida, deben conjugarse para conseguir un punto máximo de autorrealización. En México, no existe información de la vida de las mujeres con discapacidad desde un enfoque experiencial que haga visible las barreras sociales y culturales que dificultan el acceso a sus derechos para mejorar sus condiciones de vida.
Además de estos obstáculos se encuentran también los problemas sociales fundados en los estereotipos de género pues las mujeres con discapacidad se consideran con pocas habilidades para responsabilizarse del cuidado de los hijos y en general no se les ve como preparadas para tener una pareja o una familia y en caso de tener hijos, son vistas como “menores asistentes” y las madres y padres como “dependientes” (Shum y Conde, 2009).
Los estudios de género dan la oportunidad de conocer y visibilizar desde una posición crítica la falta de acceso a los derechos de las mujeres, a ser consideras sujetos de derechos y, en consecuencia, en vivir y decidir en libertad y autonomía.

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