Comparecencias de terciopelo.
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EL GALLO PITAGÓRICO II. …………
En la Ciudad de México ya comenzaron las comparecencias de alcaldes y alcaldesas ante el Congreso capitalino. Ese ejercicio republicano que, en teoría, debería servir para revisar con lupa el estado real de las demarcaciones, cuestionar cifras alegres y confrontar promesas con banquetas rotas, fugas de agua, inseguridad y mercados abandonados. Pero no. Este año las comparecencias parecen más una ceremonia de cortesía administrativa que un auténtico ejercicio de rendición de cuentas.
Van diez comparecencias y las diez han transcurrido con una tersura digna de sala VIP. Nada de golpes políticos, nada de grandes confrontaciones, nada de exhibiciones incómodas. Apenas algunas preguntas tibias, posicionamientos cuidadosamente edulcorados y oposiciones administrando su indignación con disciplina franciscana. Todo muy civilizado. Demasiado civilizado.
La explicación no parece complicada: desde el Gobierno central la instrucción es clara. No hacer olas. No crispar el ambiente. No incendiar la plaza pública justo cuando la Ciudad se prepara para vender al mundo una postal de estabilidad rumbo al Mundial 2026, el gran escaparate político, turístico y financiero del sexenio chilango.
Y en esa lógica, todo parece marchar de maravilla: alcaldías eficientes, servicios funcionando, calles impecables y gobiernos territoriales prácticamente ejemplares. Una ciudad de fantasía donde los baches son espejismos y la inseguridad mera percepción.
El problema es que afuera del recinto legislativo existe una ciudad bastante menos tersa. Una ciudad donde el agua escasea, donde el comercio informal rebasa banquetas, donde los servicios urbanos operan a medias y donde muchas alcaldías sobreviven más gracias a la propaganda que a la planeación. Pero dentro del Congreso capitalino la realidad suele maquillarse con cifras, videos institucionales y discursos cuidadosamente coreografiados.
Y es ahí donde reaparece esa vieja tradición mexicana que Manuel Payno retrató con precisión en Los Bandidos de Río Frío: la política de relumbrón. Esa obsesión nacional por aparentar orden, grandeza y modernidad… aunque debajo del barniz persistan los mismos problemas de siempre. Payno describía a personajes fascinados por la apariencia del poder, por el uniforme, por el acto solemne y la pose pública. Más de un siglo después, la costumbre sigue intacta.
Las comparecencias actuales son, en buena medida, política de relumbrón versión siglo XXI. Alcaldes entrando entre porras, equipos de comunicación grabando hasta el saludo, acarreados ocupando calles y escalinatas de Donceles frente a gigantescas pantallas para aplaudir cualquier frase obvia y legisladores fingiendo severidad para luego cerrar con elogios diplomáticos. Todo perfectamente producido para redes sociales. Porque hoy la rendición de cuentas dura lo mismo que un reel de Instagram.
Y claro, tampoco ayuda la actitud de algunos legisladores que han convertido el Congreso en una mezcla extraña de escenario personal y oficina de obediencia burocrática. Ahí están quienes confunden fiscalización con protagonismo estridente; otros, como Urincho, instalados permanentemente en la politiquería de consigna fácil, el discurso inflamado y la ocurrencia rentable para TikTok. Mucho aspaviento, poca profundidad.
Pero también está la oposición dócil. Esa que parece haber firmado un pacto tácito de no agresión para no alterar el ambiente. Una oposición administrada, prudente, que critica apenas lo necesario para justificar su existencia, pero evita cualquier confrontación seria. Porque en tiempos mundialistas nadie quiere ser señalado como el responsable de romper la narrativa de armonía institucional.
Así, las comparecencias avanzan entre sonrisas, carpetas ejecutivas y balances optimistas mientras la ciudad real sigue esperando respuestas menos teatrales y más concretas. Porque gobernar una alcaldía no debería evaluarse por la calidad del video institucional ni por la cantidad de aplausos acarreados al Congreso, sino por la experiencia cotidiana de quienes viven en ella.
Pero quizá pedir autenticidad en la política mexicana sea todavía demasiado ambicioso. Después de todo, el relumbrón sigue siendo tradición nacional. Y en temporada de Mundial, más todavía.
Verduguillo. Dicen los que saben —y los que suelen escribir al ritmo que marca la flauta institucional— que la columna El Caballito publicada el viernes pasado en El Universal, titulada: “Nuevos bríos en el Canal del Congreso”, no nació precisamente del entusiasmo periodístico espontáneo. Según el texto, el Canal del Congreso capitalino vive poco menos que un renacimiento comunicativo gracias a la iluminada “visión política” de Alma Vera (¿?). Una pieza tan generosa en elogios que por momentos parecía infomercial gubernamental con aroma a columna política.
Lástima que la realidad siga transmitiéndose en otra frecuencia. Porque detrás del supuesto relanzamiento permanece un canal rígido, aburrido y desconectado de cualquier audiencia real, mientras Jorge Armando Rocha continúa conduciendo con el mismo entusiasmo de quien lee el instructivo de una licuadora.
Mucha solemnidad, mucha pose analítica y cero visión de comunicación política. Pero así funciona el viejo relumbrón mexicano: se anuncian “nuevos bríos” aunque nadie note la diferencia y se vende como transformación histórica lo que apenas alcanza para cambio de escenografía… y eso, quien sabe.

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