Coahuila y Perú, dos elecciones para reflexionar. Un gran ejemplo
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RICARDO MONREAL AVILA. …….
Coahuila: allí se votó para renovar el Congreso local. Los resultados preliminares arrojan resultados inerciales: el PRI -que cumple casi un siglo gobernando la entidad- se lleva carro completo. 16 de 16 Distritos locales. MORENA, el partido más joven allí, refrenda su avance y obtiene la mitad de la votación del PRI y su aliado, mientras que el PAN y MC no llegan al crítico 3 % (resultados preliminares).
Al igual que los cementerios de dinosaurios que cruzan el territorio de Coahuila, el PRI local es un caso de estudio. Mantiene in vitro todas las prácticas de compra del voto, intimidación, acarreo, movilización y propaganda engañosa que acumuló y perfeccionó el PRI nacional, pero en esa entidad transitó de la mapachería electoral clásica a la “ingeniería electoral”.
El bingo, el ratón loco, el carrusel, la tamaliza electoral, entre otras mañas y artimañas conocidas hasta ahora, nacieron o se perfeccionaron en Coahuila. Pero el priismo de esa entidad tiene también un halo de “modernidad digital”, pues hace uso intensivo de las tecnologías de la información y de la comunicación para la “planeación electoral”. El fraude allá se hace con el iPad o el smartphone en la mano, y los mapaches trabajan en línea o en forma presencial. La última moda para la compra del voto fue el uso de un código QR, para registrar en tiempo real a la persona votante y transferirle el pago tras abandonar la casilla electoral.
Y, con algunas excepciones, a lo anterior se suma el control de los medios de comunicación locales, que crearon un escudo protector contra las propuestas y protestas de la oposición, y contra las denuncias de corrupción y malversación de fondos que simplemente no se difunden o son enviadas a la última sección informativa.
En su lugar, los medios divulgan las hazañas de los gobernadores en turno (seguridad, empleo, salud, desarrollo urbano) y destacan las fracturas y fisuras de los opositores (de MORENA, sobre todo), para crear una suerte de protectorado o blindaje político estatal.
Toda impugnación al proceso electoral tendrá que agotar con rapidez el paso de los órganos electorales locales y llevarlos a instancias donde el PRI de Coahuila ya no tenga esa escafandra de protección y de oxígeno gubernamental estatal.
Perú: el domingo pasado, ese país acudió a las urnas para votar por quien será el noveno presidente o presidenta en 10 años. Las encuestas de salida y los conteos rápidos arrojan un resultado cerradísimo; es imposible cantar el triunfo de Keiko Fujimori (del derechista Fuerza Popular) o de Roberto Sánchez (de la coalición de izquierda Juntos por el Perú). Por ser segunda vuelta, se van al conteo de votos casilla por casilla, distrito por distrito, lo cual puede tomar más de una semana.
En Perú parece que se atascó el arrollador despliegue de la ultraderecha internacional y nacional que busca eliminar en América Latina cualquier vestigio de gobiernos de izquierda que planteen reivindicar el nacionalismo, la igualdad y la democracia popular. Las redes sociales daban por descontada la victoria de la candidata de la derecha sobre el aspirante de la izquierda, a quien acusaban, ¿de qué cree usted? ¡Exacto! De ser el candidato del “narcoterrorismo peruano”. El nuevo grito de guerra de la derecha macartista o fascista que cabalga por América Latina.
El macartismo reciclado al que se está haciendo referencia -gritar “narcoterrorismo” para anular al adversario- no es una anécdota peruana ni un desliz de la ultraderecha: es la columna vertebral de una estrategia continental que aprendió a vestir de modernidad digital las viejas prácticas del fraude y la difamación. Lo ocurrido el domingo en Perú y Coahuila no son historias paralelas; son dos caras de una misma ofensiva que busca normalizar, con aplicaciones de celular y granjas de bots, el aniquilamiento político del izquierdismo o del progresismo.
En Coahuila, la “ingeniería electoral” del priismo demostró que el mapache clásico ha mutado en un operador con iPad, código QR y monedero electrónico. El pago en línea, en cuanto los electores salen de la casilla con el pulgar entintado, no es solo una innovación técnica, es un mecanismo que invisibiliza la coacción, la vuelve trazable en una base de datos y al mismo tiempo la limpia de testigos. Pero esa sofisticación no habría bastado sin un escudo mediático. Así, el fraude electoral se complementa con un blindaje simbólico: el priismo digitalizado compra votos, pero también la percepción de legitimidad.
En Perú, la derecha aplicó la misma lógica, pero con una meta distinta. Como no podía competir en estructura territorial ni en movilización popular frente al candidato de izquierda, optó por construir un adversario terrorífico.
Las redes sociales se inundaron con la acusación de “narcoterrorismo”. La matriz era simple: asustar a las clases medias urbanas, movilizar el voto del miedo y deslegitimar preventivamente cualquier triunfo ajeno.
Esa operación psicológica fue, en realidad, un espejo digital del viejo macartismo. Basta cambiar comunista por narcoterrorista o castrochavista para reconocer el manual que la ultraderecha internacional, identificada con ciertos sectores del trumpismo, exporta por América Latina.
No se trata ya de argumentos, sino de etiquetas que deshumanizan y justifican cualquier salida de emergencia (un fraude electoral, un lawfare o directamente una especie de golpe de Estado blando, caracterizado por el control que la derecha tiene sobre los poderes Legislativo y Judicial, como los que se vivieron en Brasil, Bolivia o Paraguay.
La “modernidad digital” que se detecta en Coahuila no es distinta de la que alimentó la guerra sucia en Perú.
Los dos procesos muestran que la tecnología también puede convertirse en una herramienta de control y distorsión masiva. Bots, cadenas de WhatsApp, segmentación algorítmica del miedo y blindaje de los grandes medios…. la derecha ha entendido que, para frenar cualquier proyecto nacionalista y redistributivo, no basta con ganar elecciones; hay que vaciarlas de sentido o, si se pierden, volverlas ingobernables desde el primer momento.
Como nunca, se requiere una observación local e internacional rigurosa, una participación ciudadana robusta y una solidaridad endógena y exógena que exponga las nuevas artimañas. Cuando el grito de guerra sea ahogado por el sonido limpio de las urnas, la democracia popular dejará de ser un anhelo en las localidades secuestradas por la mapachería electoral centenaria y en gran parte de América Latina.
ricardomonreala@yahoo.com.mx X: @RicardoMonrealA

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