CHISPAS…

ALMA REED, LA ETERNA PEREGRINA DE OJOS CLAROS Y DIVINOS. Alma Marie Prescott Sullivan Reed, conocida como Alma Reed, nació en San Francisco (California), Estados Unidos, año 1889; fue periodista estadounidense que trabajó como corresponsal en México. Estudió la carrera de trabajo social en la Universidad de California. Adquirió renombre por su intervención al salvarle la vida a un joven mexicano, menor de edad, acusado de homicidio y condenado a muerte en ese estado de su país. Su acción valió para que la legislatura californiana emitiera una ley que prohibía la aplicación de la pena de muerte de los menores de edad.
Trabajó para el New York Times como corresponsal en México, y hacia 1923, sus labores profesionales la llevaron a Yucatán acompañando a una expedición de arqueólogos y antropólogos estadounidenses, que habían sido comisionados por el Instituto Carnegie, con la misión de hacer una evaluación y proponer el rescate de los sitios arqueológicos mayas de la región; en aquellas fechas sujetos al descuido y la depredación.
Su estancia en Yucatán. Mujer apasionada y capaz de suscitar pasiones, durante su estancia en Yucatán, en los turbulentos años del México obregonista, conoció al gobernador de Yucatán, el caudillo y revolucionario Felipe Carrillo Puerto; con quien se dice que estableció una idílica relación sentimental que hubiera tal vez evolucionado de no haber mediado el asesinato del líder yucateco en 1924. Señalando que ha quedado la melodía y la afamada canción de "Peregrina", obra del poeta Luis Rosado Vega, con música de Ricardo Palmerín, como testimonio de aquel romance.
En 1923 causó revuelo en los medios culturales y de arqueología de los Estados Unidos, cuando se publicó un extenso reportaje en The New York Times, acerca de graves violaciones a la ley y tropelías, cometidas por un diplomático estadounidense asignado al consulado de Yucatán, Edward Herbert Thompson, quien una década antes había dragado y saqueado el Cenote sagrado de Chichén Itzá, para desenterrar joyas y obras de arte mayas, con enorme valor arqueológico, vendidas en los Estados Unidos, en su mayor parte, al Museo Peabody; estos objetos de arte mexicano precolombino fueron después sujetos a una demanda del gobierno mexicano para recuperarlos, demanda que con el paso del tiempo ha dado resultados satisfactorios aunque arbitrarios.
Sus viajes. Recorrió, más tarde como reportera, Italia y Grecia en donde estableció contacto con el poeta Ángelo Sikelianos quien encabezó el movimiento del renacimiento de la cultura griega, estableciendo en Nueva York un salón literario y revolucionario, en donde promovió actividades y viajes culturales a Grecia, Italia y México; inaugurando en Chicago, durante la Feria Mundial en 1933, un salón de pintura mexicana; en aquel tiempo se había interesado en la persona y en la obra de José Clemente Orozco, así como de otros pintores mexicanos.
En 1940 inició una Sociedad de amigos de México y a partir de la segunda guerra mundial se dedicó a escribir artículos periodísticos, con temas siempre favorables a la cultura y a la vida en México.En 1954 se estableció definitivamente en la Ciudad de México donde permaneció hasta el final de sus días; después de su muerte, en 1966, respetando sus deseos, sus cenizas fueron llevadas a la ciudad de Mérida, Yucatán, para ser colocadas en el cementerio general frente a la tumba de Felipe Carrillo Puerto.
Reconocimientos. Su tarea como periodista en favor de la cultura y de las artes mexicanas le fue reconocida por el gobierno mexicano al otorgarle la Orden del Águila Azteca; asimismo el gobierno de Grecia le otorgó también una presea al mérito cultural.
Fue el propio Rosado Vega, autor de la letra, quien relató cómo surgió la famosa canción Peregrina: "La letra fue simple consecuencia de una lluvia primaveral, llovió copiosamente una tarde, y esta lluvia auspició durante un festival, una noche espléndida para asistir al Teatro la Casa del Pueblo; concluido el evento, nuestro inolvidable Felipe Carrillo Puerto, Alma Reed (la singular, por bella), periodista norteamericana, del sur de los Estados Unidos, o sea de San Francisco, California y yo, asistimos a un convivio en la casa del maestro Filiberto Romero, director de la Escuela de Música.
En el auto viajaba Alma sentada entre Felipe y yo; ingresando al suburbio de San Sebastián, con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia.
Alma dilató el pecho como para absorber a pleno pulmón aquellas fragancias y dijo: ¡Qué bien huele! Le salí al paso con una frase simplemente galante: Todo huele bien porque usted está pasando. Tierra y flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes.
Dijo Felipe al punto: Eso se lo vas a decir en un verso. Contesté: Se lo diré en una canción. Alma rió argentinamente, así reía; concluido el convivio, de regresando a mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerín, en la mañana siguiente lo busqué y se la di; dos días después ya había nacido la canción. Y eso fue todo." Luis Rosado Vega

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