Aquí en este país, si uno quiere ampliarla cochera, tiene que pedir permiso hasta para mover el triciclo del niño.
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DOCTOR JOSÉ ARENAS GALVEZ……………………………….
Si el taquero pone dos mesas más, llega la autoridad a defender la banqueta con una valentía que no se le conocía. Si el tendero cambia la fachada, aparecen Desarrollo Urbano, Protección Civil, Hacienda, la luz, el agua y hasta un señor que nadie sabe de qué oficina viene, pero ya trae la multa llena.
Ahora, para construir una instalación con tanques industriales, pipas, tractocamiones, bombas, generadores y millones de litros de combustible, ahí sí no se necesita permiso. Se necesita discreción. Y no la discreción de esconder una botella debajo de la cama, sino la de ocultar una obra que requirió ingenieros, soldadores, albañiles, choferes, proveedores, vigilancia, electricidad, terreno, maquinaria, contrato con la CFE, contrato de agua y dinero.
Mucho dinero. Porque los tanques no nacieron ahí como hongos después de la lluvia. Alguien los fabricó, alguien los vendió, alguien los transportó y alguien los instaló. Y todas esas empresas tuvieron que cobrar.
Si facturaron, ¿a quién le facturaron? Si no facturaron, ¿cómo movieron tantos millones sin que Hacienda se diera cuenta?
¿Y el Seguro Social? Ésos encuentran a un patrón que debe tres cuotas aunque se esconda debajo de una piedra, pero cientos de trabajadores construyendo una planta clandestina se les vuelven transparentes.
Lo más curioso es que, después de varios años de que nadie vio nada, un día las autoridades despertaron con una vista extraordinaria y encontraron todo. Los tanques, las pipas, el combustible, las cámaras, las bombas. Todo, menos a la gente.
Entonces no basta con preguntar quién construyó aquello. Hay que preguntar por qué lo descubrieron hasta ahora. ¿Qué cambió? ¿Se terminó la protección? ¿Cambió el dueño? ¿Se pelearon los socios? ¿Alguien dejó de pagar la mensualidad de la ceguera?
Y, sobre todo, hay que seguir el dinero. ¿De dónde vino? ¿Por qué empresas pasó? ¿Quién pagó la construcción? ¿Quién compraba el combustible? ¿En qué cuentas terminaban las ganancias?
Porque los tanques pueden esconderse detrás de una barda, pero el dinero necesita bancos, facturas, contratos, prestanombres y funcionarios que miren para otro lado.
Aquí la autoridad es muy valiente con el ciudadano que amplía medio metro su casa y muy prudente con el que construye una refinería clandestina.
Así que la pregunta no es cómo escondieron tantos tanques. La pregunta es cuánto costó que todo el gobierno fingiera que no los veía.
