Mi Refugio de Papel

¡One more time! (CRÓNICA DE UN AMANECER EN LA CIUDAD DE MÉXICO)
Son las 6:55 am en la clara-oscura pero ya bulliciosa Ciudad de México. En la Delegación Cuauhtémoc, rumbo a la estación del metro Buenavista. Cual río caudaloso, cientos de pasos se dirigen en una corriente humana para comenzar sus labores diarias. Los faros de los autos aún no se apagan; el metrobus transporta a otros miles de ellos en su incansable marcha repartiéndolos por todos los rincones de la Ciudad. El amanecer está a punto de ocurrir pasando desapercibido como todos los días ante los ojos de los más de 25 millones de personas que habitamos ésta inquietante y fascinante urbe. Pocos muy pocos se percatan que el cielo de la ciudad hoy tiene una limpieza inusual. Hace tres días el huracán Odil, azotó las costas de Los Cabos, Baja California Sur y ha barrido con sus furiosos vientos, la usual contaminación que nos aqueja. Una pequeña pausa entre los huracanes, Odil y Polo nos regala un paisaje de limpia claridad para éste día. Caminando sobre la avenida insurgentes, mi marcha se detiene en el semáforo del Eje Uno Norte Mosqueta. Atravieso la avenida entre el caudal de personas y casi de manera inmediata la Av. Insurgentes hacia la entrada del Metro Buenavista. Dicha línea recorre hasta Ciudad Azteca ya en el Estado de México. Los límites entre la capital del país y dicho Estado, son casi imperceptibles. La mancha urbana se extiende más allá de su división política. No en cambio a pesar de que vivimos y convivimos en el mismo espacio, para los que somos “Chilangos” como nos nombra el caló a los nacidos en el Distrito Federal capital de México; podemos notar algunos detalles mínimos, pero innegables. Hace pocos minutos deje a mi niña en el colegio y sin saber que mis planes serían cambiados por el insorteable destino. Trato de ahorrar tiempo que siempre nos hace falta voy de compras a los alrededores del centro. Desciendo la escalera en conjunto con el neurótico golpeteo de los tacones y zapatos de la turba que furiosa y aprisa baja para ganar un lugar en la fila de los boletos para “según ellos “ llegar unos minutos antes a sus labores, pasando por alto el grande y creciente volumen de la población que cada vez hace más difícil ganar tiempo. Al llegar a la ventanilla poso dos monedas de cinco pesos en la taquilla y la señorita cual autómata que solo entiende de mecanizar su labor, entrega dos boletos para la ida y vuelta de mi apresurado viaje. Introduzco al troquel uno de los boletos y giro el trió de tubos que me abren el paso. El movimiento de las masas humanas no solo son en la superficie de la Ciudad; cientos de túneles subterráneos también transportan a miles de ciudadanos a bordo del los trenes. Sin duda uno de los mas eficientes y baratos del mundo aunque a la gente no le agraden los halagos al servicio del Tren Metropolitano de la Ciudad de México. Camino hacia la parte trasera del andén con dirección a Ciudad Azteca, solo dos o tres minutos y una briza tibia antecede la entrada del metro. La gente se aproxima demasiado para mi gusto a la línea que limita su seguridad, para abordarlo. Detiene su marcha y se abren las puertas con su característico tu-ru-ru!!! La gente entra con intensiones de aventarte si te detienes o pretendes aglomerarte en las puertas. Rápidamente se ocupan los lugares. Yo tomo uno al fondo, en la parte donde los asientos son cuatro dos y dos de frente uno del otro, junto a la ventanilla. Las puertas se cierran con fuerza y casi de inmediato el tren comienza su marcha. Aún adormilada pestañeo y recorremos las estaciones hasta salir a la superficie. En el transbordo de la Estación San Lázaro. Ahí en donde se encuentra no solo la Central Camionera de la TAPO, también las cámaras de Diputados y los juzgados. Las sombras se han ido desvaneciendo, la luz ya deja ver que el cielo hoy, es azul intenso. Esa calma “chicha” que nombran en las costas cuando se aproxima tormenta o cuando cruza el ojo de un huracán te dice que ese bello azul puede ser presagio de algo violento en el ambiente. Algunos rastros de cirros “untados por las corrientes de viento” delatan la realidad. Ahí estaban los durmientes, los gigantes, esos bellos amantes que enmarcan la cuna azteca de mi patria. Esos que casi nunca apreciamos; que están. Y por tanta contaminación, que a veces no nos dejan ver más que una pocas cuadras a lo lejos. Popocatepetl está nuevamente fumando su puro, paciente, esperando el amanecer a ver si su reina hoy si despierta. Miro mi reloj y son las 7:08am muy temprano para acceder al transitado centro de la ciudad, el hipnotismo que me provoca la bella postal de los volcanes que enmarcan mi ventanilla me tienen absorta; pocas veces se ven tan hermosos e imponentes. Regresa a mi la sensación cuando en la preparatoria los visitábamos constantemente en las salidas del club de campismo. Tan bellos y tan grandes. Pareciera un castigo divino a nuestra falta de conciencia ecológica que no podamos admirarlos todo el tiempo a causa de la contaminación y deterioro que hemos causado en nuestro ambiente citadino. Mis pasos dudan de bajar del tren. Permanezco en mi asiento y me convenzo de seguir mi marchar para observar la salida del sol y hacer tiempo para dirigirme al centro de la ciudad. Los colores comienzan a cambiar el cielo se vuelve mas claro y la fumarola de Don Goyo como lo llaman cariñosamente los pobladores cercanos del coloso comienza a pintarse de tonos rojo-naranjas por la salida del "güerito"; entonces enfoco mi mirada en las imágenes que comienzan aparecer en mi marcha, por la ventanilla. Eso que nadie pone atención por venir pensando en llegar al la escuela, al trabajo, etc. O que viene pensando en el trabajo pendiente, o en los problemas de la vida cotidiana. A veces la vida nos arrastra de tal manera, en las Ciudades que nos olvidamos de todo lo que ocurre a nuestro alrededor y más aún con la tecnología, que ahora nos permite ver el mundo desde una pantalla pero sin disfrutar esos pequeños detalles que ocurren todos los días frente a nuestros ojos. El camino de la línea del metro es elevada y externa, así que se puede observar parte de la Ciudad de México. Los techos de las casas comienzan a ser diferente. Como siempre pasa cuando te acercas a las orillas de la ciudad o sales de ella. Se convierten de edificios y unidades habitacionales a casa mas pequeñas. Los colores grises y los miles "triques cachibaches y tiliches que ocupan las azoteas" se miran por las ventanas del metro. Todo se va haciendo más chaparrito y gris. Los negocios característicos de las orillas de la ciudad se asoman; las fachadas cambian sus colores, a colores chillones y llamativos como decimos aquí "de pueblo". Combinaciones como naranja con verde, morado con rosa azul con amarillo se hacen cada vez más comunes. En los techos se observan ropa, bicicletas viejas, tambores para cama ya oxidados, cubetas viejas, tinas arrumbadas juguetes abandonados etc. Los anuncios de rótulos, cantera, herrería, hoteles de paso, abastecedoras de abarrotes, vulcanizadoras, invaden las avenidas que mas bien parecen ya carreteras. Las fronteras entre el Estado de México y el Distrito Federal ya casi son invisibles nadie las notas, pero todo cual amanecer-anochecer va cambiando. Los rayos del sol van cual olas de mar empapando la gran ciudad y todo se va haciendo más notorio. La cantidad de gente que entra a los vagones va aumentado, el camino ya esta lleno de construcciones medio campiranas y de nuevas plazas comerciales. "Ya les llegó la modernidad hace mucho tiempo", a los habitantes de ciudad Netzahualcóyotl y Ciudad Azteca. Recuerdo que de niña mi abuelo tenía por herencia, un terreno en Ciudad Neza o Nezahualcoyotl y dos veces lo acompañe como era mi costumbre en su volkswagen rojo a pagar el agua y el predial en vacaciones. Era como salir de viaje; las calles eran de tierra, era como raro y peligroso ir ahí. Ahora el asfalto cual plaga bíblica invadió las calles y solo es eso una extensión mas de la Cuidad de México. El decía fuera de la Ciudad todo es Cuautitlán. El decía que su dicho era porque ese famoso municipio del Estado de México, solo era una vía del tren con algunas casitas a los alrededores. Ahora es un lugar total y absolutamente lleno de casas gente tiendas y forma parte de la zona conurbada. El sol ya no me dejó mas ver por la ventana; ya llegamos a Ciudad Azteca, me preparo a salir y una turba iracunda y loca entra de golpe y en automático me regresa al interior. Apenas doy vuelta antes de caer por la presión de la conglomeración para volver a tomar mi asiento. ¿Qué sentido tiene?, Pensé: ya va de regreso ahora me bajo en Pino Suarez y transbordo al Zócalo ya paso casi una hora y puedo acceder prontamente al centro con la seguridad de que no todo estará cerrado. El Sol ya no me dejó ver más por la ventana a los volcanes ni a la ciudad. Así que ahora me dedique a observar a la masa amorfa y apachurrada turba humana que se encontraba rodeándome como espuma. Generalmente las personas habitan cada parte de la ciudad tiene características similares es casi nadie l nota. Quizás yo tenga la conciencia de ese detalle porque al trabajar como capacitadora del antiguo Instituto Federal Electoral, mi formación sea ser observadora con las características de cada lugar cada colonia o incluso lugares de de campo que varían no importa que sea provincia. Y te vuelves sensible a las diferentes vidas, ideas costumbres de cada lugar y tipo de personas. En este momento el metro iba lleno de personas que en su mayoría, viven en el Estado de México y que trabajan en el DF y eso les da una característica especial comenzando por sus rasgos, sus carillas redonditas medio blancuchos de rancho. Sus vestiduras: muchos de chamarritas o suetercillos tipo La Marquesa, otro lugar del Estado de México, medio frío boscoso. Bueno lo que queda y al fin provincia. Muy arregladillos algunos como para fiesta de pueblo. Con gorros tejidos o vestidos chillones de fiesta. Nunca falta la chica de facciones toscas que se pinta grandes líneas sobre los ojos. Haciendo equilibrio con una mano abraza el tubo del metro y sostienes una gran bolsa que mantiene abierta con otra manos toma sus espejito, regularmente roto el que quedó del maquillaje antiguo y entre sus dedos, cual malabarista. El rímel, el delineador liquido y si es posible el rubor. La otra mano le sirve de maquillista. Un labial rojo, rojo o rosa, rosa le da el toque final con un brillo para labios con brillitos. Nunca falta el señor que de traje café, para no fallarle al café que les queda a los morenitos, con su chalequito tejidito por su mujer debajo del saco; va leyendo la sección de finanzas del periódico; aunque no entienda nada. Si no… de política “pa tener un tema de critica hoy en la oficina”. Un chico va haciendo equilibrio en el asiento que me queda enfrente, cabeceando en cada parada desvelado por entregar sus trabajos que un día!!! le dará un futuro mejor que el que tuvieron sus padres. Una chica universitaria con su bata blanca va subrayando su libro tratando de entender lo que la noche anterior el cansancio ya no le permitió leer. Un madre va dando su fruta y su yogurt a tres “chilpayates” que entregara a la escuela. Otros tipo va enterándose del el último capitulo de la fotonovela de la esquina, y algún otro va intentando ser mas culto leyendo de pie el libro Best Seller que esta de moda. Algún comerciante va como merolico tratando de ganarse el sustento, y sorteando a los policías que ya prohibieron el comercio ambulante. Un pedigüeño saca una pañuelo de vidrios rotos y recarga la espalda haciendo alarde de mil contorciones en el poco espacio del piso del metro, entre la gente, para pegar la espalda al los vidrios y levantarse con hilitos de sangre en la espalda y sintiéndose invencible por tanta droga consumida para ganarse una moneda. Uno mas o algunos mas roncan plácidamente y como si tuvieran despertador, abren los ojos en un clic!! cuando llegan a su destino. Esa es mi ciudad por las mañanas entre los límites invisibles; entre el Estado de México y el Distrito Federal. Por fin llego a mi transbordo y desciendo la corriente me arrastra y me pierdo entre las miles de cabecillas que caminan por ésta ¡Mi Ciudad de México!

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